lunes, 14 de septiembre de 2015

Una última sonrisa



    Una bella historia no tiene porqué tener precisamente un final feliz ¿no creen?, esta es la historia de Diego un chico un tanto especial…

Todo empezó un 15/6 a diego le habían diagnosticado una rara enfermedad, tenía el corazón débil, solo él tenía esa enfermedad que consistía en la incapacidad de soportar emociones fuertes como la ira o la tristeza, estas dos emociones eran capaz de matarlo en un instante. Toda su vida había controlado sus emociones al punto de no sentir nada, había dejado de ser un hombre para convertirse en una maquina, no creía en las corazonadas, simplemente se dejaba llevar por un frío análisis de las situaciones.
Pero todo eso cambió de un día para el otro, tan rápido que ni él alcanzó a darse cuenta de lo que había pasado. En el colegio, en la hora de matemática (su materia favorita) había entrado una chica nueva a la división, parada enfrente de todos al lado de la profesora.

-Alumnos, les presento a Mercedes, se ha cambiado de colegio recientemente, quiero que sean buenos con ella-. Ella era pelirroja color cobre, tenía pecas en la cara y una sonrisa tímida que causaba ternura
Diego muy rara vez se distraía, mejor dicho, directamente no pasaba pero el rubor en las mejillas de Mercedes lo tenían totalmente atrapado.
-Usted se va a sentar con Diego-.
Al escuchar eso el corazón había acelerado el paso, pero sabía controlarlo, tan solo debía relajarse. Mercedes se sentó al lado de él y empezó a sacar sus útiles, mientras tanto el suave perfume que llevaba puesto inundaba la nariz de Diego.
Miró para los costados y hacia la profesora que estaba inmersa en la corrección de unos exámenes
-¿Te puedo confesar algo? No tengo idea de cómo hacer estos cálculos, nunca fui muy amiga de las matemáticas, prefiero mas lengua y literatura-. Por Dios que su voz era hermosa 
-¿Querés que te ayude?- a pesar de tener la intención de ser amable con ella, la pregunta había salido seca, sin expresión alguna.
Pasó la hora de matemática, la cual Diego invirtió explicándole como hacer las cosas, luego literatura, geografía y finalmente historia.
Mercedes quiso darle las gracias por la ayuda, pero él ya había encaminado a su casa. Ya en su casa estaba tirado en su cama como casi todas las otras tardes, pero había algo diferente que hacía especialmente peculiar a esa tarde, estaba pensando en ella. Su expresión de nada empezaba a cambiar lentamente, una sonrisa se asomaba lentamente por uno de los costados de sus labios, a la vez que eso pasaba sentía que le presionaban el pecho, como si hubieran puesto un gran peso encima.
Al día siguiente Mercedes pudo alcanzarlo antes de que se vaya a su casa.
-¿Tenés algo que hacer?-. Preguntó temerosamente.
-No-. Respondió fríamente.
-Quería saber si me podías mostrar un poco la ciudad, no conozco a nadie y pensaba que me podías ayudar una vez más.
Pasaron horas paseando, le mostró desde librerías hasta confiterías, finalmente descansaron en la plaza principal recostados en el pasto.
-¿Qué harías si no tuvieras miedo?-. Soltó la pregunta inesperadamente rompiendo el silencio
-¿Qué haría? Haría absolutamente todo lo que vengo perdiendo hasta ahora-.
-¡Ey! ¡Usaste otro tono de voz!, sabía que no ibas a poder hablar monótonamente todo el tiempo-.
A partir de ese día Diego y Mercedes se volvieron inseparables, él sentía que era humano y ella se divertía con las faltas de expresiones de él. Iban a todos lados juntos, a tomar algo en la confitería, a pasear por el parque e incluso empezó a darle unas clases particulares de matemática.
Por fin Diego empezaba  a sentir algo en su vida, se sentía raro, pero no sabía si era malo para él porque nunca había sentido nada, cuando sus padres decidieron mudarse con la intención de que no viera mas a Mercedes, no lo hacían desde la maldad, lo hacían desde el cuidado que le tiene un padre a un hijo, sabían que la amistad que tenía con ella no iba a ser buena.
Lentamente volvió a ser el mismo de siempre, ya habían pasado años, y los caminos de él y de ella estaban ya totalmente separados, salvo a las noches donde tenía tiempo y silencio para pensar o mejor dicho recordar, se permitía recordar pequeñas cada noche, en una recordaba el pelo, en otra el perfume, pero la noche trágica fue cuando recordó su sonrisa, su hermosa sonrisa tímida que terminaba siendo de las más expresivas, tenía ese algo que la hacía inigualable, ese recuerdo lo había superado, su corazón había dejado de latir.
Estuvo internado en el hospital dos meses, ahí los segundos parecían minutos, los minutos horas y las horas días, si bien los padres lo acompañaban a la tarde en las noches estaba solo, conversándole a su insomnio como era ella.
Una noche aparece por la puerta el padre con mirada triste, como si estuviera tratando de entender algo que no quería entender
-Hijo, vengo a preguntarte una cosa ¿Qué es lo que tiene ella, que hace que quieras arriesgar tu vida?-.
Diego le sonrió por primera vez a su padre, pero al instante cambio a una mueca de dolor
-No lo sé, y justamente eso es lo que hace que ella sea especial, no tengo ni una sola palabra que la pueda definir, todo lo que puedo decir es “porque es ella”…-
El padre lo miró a los ojos, finalmente había comprendido lo que sentía su hijo.
-¿De qué me serviría seguir vivo? ¿Quedarme con la duda? ella me había enseñado a vivir, a arriesgarme-.
-Entiendo…-
Pasaron semanas para que pudiera volver a caminar sin ayuda, en las cuales pasó pensando que decirle cuando la volviera a ver, se había enterado por un amigo de la secundaria que ella estaba en la misma ciudad que él por estudios, sabía en qué facultad estaba estudiando, sorpresa para él los martes él salía quince minutos más temprano que ella, tiempo suficiente para ir justo a la salida de ella.
El martes 8/5 apenas terminó la clase se dirigió a donde iba a estar ella, lo que él no sabía era que estaba dando los pasos hacia su sentencia. La pudo distinguir desde lejos ¿Cómo confundir ese pelo rojo cobre resaltando de todos los demás? Ahora lo llevaba a la altura de los hombros, estaba hermosa como siempre pensó nuestro desafortunado amigo Diego
-¡Mercedes!- gritaba inútilmente, el sonido de los micros y de los autos apagaban su voz.
Había acelerado el paso, cuando algo que vio hizo que parara en seco, otro hombre estaba besándola y abrasándola.
Podía sentir como la vida se escapaba lentamente de sus manos, sus piernas apenas soportaban su peso, no escuchaba casi nada, las voces llegaban a él apagadas, su voz era ahora menos que un suave susurro, a pesar de todo esto, él se sentía agradecido de que lo último que perdió fue la vista, ya que la última imagen que se llevó con él, fue la de la sonrisa de ella que seguía siendo hermosamente tímida y a pesar de que esa sonrisa no era causada por él, sentía dicha de que ella fuera feliz…
En su funeral ocurrió una cosa, él había escrito algo el mismo martes antes de ir a ver a Mercedes y en ese papel estaba su último pedido.
“Si están leyendo esto es porque ya no estoy con ustedes, les pido por favor que no me lloren y que lean esto en voz alta “El mayor defecto del ser humano es que puede llegar a vivir cien años sin haber vivido ni un minuto” vivan la vida sin temor, no re retraigan como hice yo”
Recién ahora después de años de meditar esa última frase me di cuenta de lo que quiso decir, él en sus momentos de agonía había vivido más cosas y sentimientos que en sus otros 23 años de vida.





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