lunes, 14 de septiembre de 2015

Mecánica de la naturaleza

               Aún a mis 84 años, recuerdo la tarde del 15 de marzo de 1997 como si hubiera sido ayer. Una pequeña llovizna había dejado una fina capa de agua que parecía estar en todos lados, si bien la lluvia había cesado a la mañana, un viento bastante fuerte seguía imponiéndose a la tarde.
               
En esos días yo tenía tan solo 6 años. Estaba sentado del lado de adentro de la ventana, enojado con mi madre porque no me dejaba salir a jugar por el estado en el que estaba el patio, recuerdo su dulce tono de voz explicándome con la paciencia que solo una madre puede tener que si salía a jugar ahora iba a terminar resfriado y que eso iba a ser peor para mí que no salir a correr por ahí una tarde. Obviamente nada de eso me importaba, no era por maldad sino que era por las ansias de jugar al aire libre, que no le di importancia a lo que mi madre me dijo.
                Por mucho que intentara ser un niño rebelde y salir de todos modos, las llaves del patio estaban colgadas en el gancho que quedaba fuera de mi alcance; así que resignado como estaba me senté al lado de la ventana y me quedé con la mirada perdida en el horizonte, donde pude ver cómo se acercaba volando de una manera un poco errática, por así decirlo, un ave. Mi curiosidad estaba en el vuelo de esa ave, a medida que pasaba el tiempo, se iba acercando cada vez más. Parecía como si estuviera buscando un lugar donde dar descanso a sus alas.
                Terminó eligiendo que el mejor lugar para descansar era del lado de afuera de mi ventana, ¡Es una Loica! Tenía un color rojo en el pecho similar al rojo vivo de los metales expuestos al calor por mucho tiempo, pero el rojo de su pecho cambiaba de intensidad, como si al inspirar el color ganara intensidad y al exhalar la perdiera. De repente la fina capa de agua que había alrededor de él empezó a desvanecerse de a poco.
                No podía sacarle la vista de encima, no sabía cómo había llegado hasta acá o por qué el agua se evaporaba a su alrededor. Pero estaba seguro que si apartaba la vista me iba a arrepentir el resto de mi vida (Nunca había estado más en lo correcto).
              La loica emprende otra vez vuelo, pero ni bien lo hace… cae al pasto de mi patio, Corrí hacia la puerta del patio que estaba abierta porque mi padre estaba tratando de que las sillas de plástico no salieran volando, escuché a mi madre decir mi nombre pero hice caso omiso, necesitaba ver como estaba el ave.
                Me costaba salir de mi asombro… Era un pájaro, pero era de metal. El detalle con el que estaba esculpido era realmente impresionante, cada una de las plumas a pesar de ser de cobre tenían el mismo grosor o menor que el de una hoja. Lo levanté y el cuerpo de la loica tenía un poco de calor todavía, el rojo de su pecho estaba presente pero cada vez parecía estar mas y mas apagado; un cilindro diminuto, plano al final, sobresalida por el lado izquierdo.
                Sentí que tenía que darle vueltas, que eso era lo correcto, a medida que yo iba dándole cuerda se podía escuchar como engranajes rozaban y se encajaban en lo que serían sus respectivos lugares, llegó un momento donde no pude darle más cuerda, ahí la loica comenzó a moverse, inmediatamente la solté (No recuerdo si fue por miedo a lastimar lo o miedo a que me lastimara a mi).
              Dirigió su mirada hacia mí y se quedó mirándome un largo rato, como si me conociera y tratara de saber de donde es que me conoce. Su pecho antes rojo oscuro ahora había recobrado el color rojo intenso lleno de vida que una vez tuvo. Me miró una vez más y abrió sus alas preparándolas para el despegue y emprendió vuelo; ya en el aire dio un par de volteretas expresando su felicidad.
                Cuando lo vi alejarse una extraña mezcla de felicidad y envidia me invadió, por la libertad que tenía; y hablando por lo bajo, me pregunté “¿podré tener yo esa libertad algún día?”.

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