Podía escuchar el goteo, el cuchillo había atravesado el
abdomen como si de manteca se tratara, la sangre que se deslizaba lentamente
por el mango hacía que sus dedos, poco a poco, se resbalasen por el mismo hasta
llegar a cortar parte de la palma de la mano que sostenía el arma blanca. Parecía
no sentirse afectado en lo más mínimo por lo que había pasado… ni por el
asesinato… ni por lastimarse…Su rostro simplemente reflejaba la nada misma; ni
una sola emoción parecía poder transformar sus tensos músculos. Se
podían escuchar sirenas a tan solo un par de cuadras de distancia, podrían ser
tanto de una ambulancia como de un coche patrullero, era realmente difícil
descifrar cual de los dos realmente era. Impasible
a los ruidos que cada vez se acercaban más y más, se sentó frente al cuerpo
inerte de la pobre víctima; los ojos del difunto capturaban toda su atención,
podían considerarse una descripción no hablada que reflejaba casi a la
perfección lo que el temor era. No era la primera vez que los veía, de hecho lo
había hecho todos y cada uno de los días de su vida, por la mañana al
despertarse y a la noche al irse a acostar; un frío recorrió su espalda al
percatarse de que esa era la última vez que los volvería a ver. Voces, con un tono
autoritario, llegaban del otro lado de la puerta exigiendo entrar. Absorto en
la mirada del muerto no hizo caso alguno.
Finalmente
la policía pudo abrir la puerta a la fuerza, pero lo único que encontraron fue
un cuarto desordenado y a un hombre que había muerto recientemente, pues la
sangre aún seguía emanando de la herida del abdomen; lo que terminó de
desconcertar a los policías fue la forma en la que el hombre se encontraba,
sentado con la espalda apoyada contra la pared, con la mirada en el espejo
enfrentado a él.
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